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miércoles, 5 de agosto de 2015

El premeditado plan franquista de liquidación de opositores usando como arma el hambre: La Memoria al servicio de la Justicia. Día 216

Directores, administradores, funcionarios, abastacedores, órdenes religiosas, monjas en las prisiones dirigidas por las Hija de la Caridad, proveedores... todos se enriquecen gracias a la muerte por hambre de los prisioneros republicanos. San Simón, San Cristóbal, El Dueso, San Juan de Mozarrifar, Valdenoceda, Burgos, el sinfín de prisiones de Madrid y Barcelona, Ciudad Real, Ocaña, Valencia, Alicante, Jaén, Sevilla, Málaga, Cádiz, El Puerto,... son infectos agujeros de muerte por hambre. En todos los campos y centros de reclusión se practica el mismo método de eficiente exterminio, barato y silencioso: las prisiones reciben muy exiguas asignaciones para su abasto, ridículas raciones que a cada salto hacia abajo en el escalafón del organigrama administrativo se reducen por mordidas consecutivas a la más mínima expresión, de manera que cuando el suministro llega a la extensísima base de la pirámide penitenciaria --cientos de miles de presos-- apenas queda ya nada para ingerir, salvo unas habichuelas llenas de gorgojos, cinco ¡¡CINCO!! escasas algarrobas por reclusos, quintales de arena obscura con unas pocas lentejas, agua caliente con una fina película grasienta en su superficie... ¿Extrañará a alguien que el porcentaje de muertes en el interior de las cárceles fuera extremadamente superior al que se registraba incluso entre los marginados civiles perdedores de la guerra no enclaustrados? ¿Dudarán algunos de que las decenas de miles de muertes de republicanos son achacables a un premeditado plan franquista de liquidación de la disidencia y la oposición usando como arma el hambre? Como consecuencia de este genocidio planificado por la jefatura sublevada y ejecutado en cada penal, campo, prisión o cárcel franquista durante al menos 10 años entre 1936 y 1946, monjas y congregaciones marianas asociadas al fenómeno penitenciario franquista, directores y jefes, secretarios y subsecretarios, todos se volvieron ricos e incrementaron sus patrimonios particulares y/o institucionales a costa del asesinato de seres humanos hambrientos. Para inmensa satisfacción de la plutocracia franquista y de sus maestros y congéneres nazis germanos, que tomaron buena nota de la estrategia, método y pautas marcadas por los verdugos españoles. Veamos algunas de sus obras más distinguidas:

Batallón de Trabajadores 29 de Labacolla (Santiago de Compostela): “cada madrugada, a las cinco, se andaban más de 3 kilómetros hasta el tajo realizando 8 horas de intenso trabajo, y con sólo un cazo de café por la mañana y una coles hervidas por la noche como comida en todo el día. Muchos ya no podían ni andar, ya no tenían fuerzas y se desmayaban. El comandante, riendo, nos llamaba Hijos de la Pasionaria”

Campo de concentración de San Juan de Mozarrífar (Zaragoza): “Se encontraba instalado en una antigua imprenta de una editorial. “Fueron días sin bajar del tren, en un vagón de animales y con un bidón en la esquina para hacer las necesidades de más de 200 personas. Para todo el trayecto dieron una latita de sardinas para dos o tres y un trocito de pan. Al pasar por las estaciones gritábamos pidiendo agua y comida. No solían hacernos caso pero cuando alguna persona se acercaba a ayudarnos, la Guardia Civil se lo impedía. A veces, el relevo en el funcionario de turno, era la única esperanza de que un poco de humanidad, les hiciera mejorar algo en su penosa situación alimenticia”.

Campo de concentración de San Marcos (León): “el hambre en los presos era evidente. Testigos del campo de concentración pudieron ver los apuntes contables del comandante del batallón, en los que anotaba todo el dinero que conseguía ahorrar en comidas de los presos. Al margen de esto, en él malvivían hacinados y dormían en el suelo comidos de parásitos. El frío, el hambre y la enfermedad diezmaron este campo, donde se produjeron 800 muertos”.

Campo de concentración de Albatera (Alicante): “En él era tal el ansia por comer de algunos presos que se hizo preciso en cada patio nombrar un recluso que hiciera guardia junto a los cajones de basura para evitar que varios desgraciados se intoxicaran comiendo los desperdicios que otros arrojaban”.

Colonia Penitenciaria de Dos Hermanas (Sevilla): “La dieta en la Colonia Penitenciaria de Dos Hermanas (de unos 1300 presos) consistía en 5 algarrobas para desayunar, pescado hervido para comer y sólo en contadas ocasiones una lata de sardinas y un chusco de pan para cinco. Trabajábamos duro a pico y pala y sin comer. Algunos, se caían de hambre. Allí creíamos acabar con nuestra vida. Nos trataban como a criminales”.

Prisión del Puerto de Santa María (Cádiz): “Había días en que, a las once de la mañana, no había nada en la cocina para dar de comer a 6000 presos. En las perolas no había ni un lunar de grasa y la gente moría. Más del 70% de los presos padecía avitaminosis. Así los presos, a pesar de los esfuerzos que personalmente realizaba el director para encontrar alimentos, se morían de hambre por falta de comida (sólo en el mes de marzo de 1941 murieron 78 presos)”.

Colonia Penitenciaria del Dueso: “Era tanta el hambre que se pasaba allí que cada día se morían de hambre… días en que morían catorce, días en que morían dieciocho. Las cajas de muertos las hacíamos los propios presos y esas cajas las volvían a traer otra vez para transportar a los muertos del día siguiente”.

Prisión de mujeres de Santurrarán: “Las monjas encargadas del penal, hacían acopio de los suministros que les entregaban para el sustento de los presas, para dedicarlo al estraperlo, mientras las presas pasaban hambre”.


Fuente de los entrecomillados: trabajo "ANTEQUERA ENTRE REJAS: ANTEQUERANOS PRISIONEROS DE GUERRA Y DEL FRANQUISMO", de M-A. Melero, presentado al Congreso Internacional sobre la GCE 36-39, organizado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales

sábado, 26 de mayo de 2012

Los represaliados de San Juan de Mozarrifar (Zaragoza) resurgen del olvido

Sus desdibujadas siluetas emergen de la oscuridad. Se alzan entre las espesas brumas del olvido y desde los deslavazados jirones de tiempo demandan nuestra atención y nos exigen que recobremos su memoria, la nuestra y la suya; que rescatemos sus nombres, ahora anónimos, de los inclementes torbellinos que engulleron sus recuerdos; que restauremos el lugar que sus malhadadas vidas aún deben seguir ocupando en nuestro presente y en nuestra propia historia; que señalemos, marquemos e identifiquemos a los ejecutores que los arrastraron al cadalso y los sumergieron en la honda negrura del vacío y que caractericemos a los herederos y beneficiarios de los que les dieron prisión y martirio, asesinando su cuerpo y aniquilando su espíritu. 

Están ahí. Sólo hay que buscarlos. Nos llaman. Son los cientos de miles de hombres y mujeres que padecieron prisión y muerte en cientos de lugares de encierro, terror, tortura y eliminación diseminados por todo el relieve de la vieja España. Como tantas otras localidades, San Juan de Mozarrifar, pequeña población cercana a Zaragoza, tampoco estuvo al margen de las implacables corrientes de la todopoderosa intrahistoria fascista. En las naves de su antigua papelera convertida en campo de concentración y más tarde en prisión, miles de republicanos vieron naufragar sus vidas entre el dolor y el miedo. 80 años después todavía viven algunos de ellos, los últimos, y en sus sueños aún huyen del acecho y de la persecución eterna de los feroces adoradores de la muerte. Siguen rememorando los meses y años de zozobras, de padecimientos, penuria y sufrimiento gratuito. Pero entre nosotros sus recuerdos se han ido difuminando, sus terribles historias de represión han sido literalmente borradas por la inexorable marea de los indiferentes nuevos tiempos y sus ejemplos de vida política y de compromiso con la libertad ya no interesan a nadie.

Cierto es que historiadores comprometidos con la dignificación de los represaliados por el franquismo, como Julián Casanova, Javier Rodrigo o Ángel Viñas se han referido con frecuencia al campo y prisión de San Juan de Mozarrifar en sus numerosas publicaciones dedicadas al proceso de Recuperación de la Memoria Histórica. También en ponencias y comunicaciones presentadas a congresos y jornadas centrados específicamente en la represión suele aparecer el nombre de San Juan entre las cárceles y campos de concentración más duros del terrible régimen penitenciario franquista. Pero es la edición de la obra de Ramón F. Ortiz Abril titulada "El campo de concentración de San Juan de Mozarrrifar (Zaragoza)" [ISBN 978-84-613-1813-1 www.huelladigital.net] la que ha permitido rescatar del férreo abrazo de la desmemoria los nombres, apellidos y vicisitudes más humanas y personales de las desgraciadas vidas y muertes de los miles de hombres que por allí pasaron.

En 1936 era San Juan de Mozarrifar un pueblo tranquilo, laborioso e industrial, pero el fracasado golpe y la subsiguiente guerra lo cambio todo. El exitoso avance franquista de 1937 que ocasionó el derrumbe en todos los terrenos del Frente Norte y la derrota del Ejército Popular Republicano en la cornisa cantábrica provocó que más de 50.000 soldados republicanos fueran hechos prisioneros en pocas semanas por los franquistas triunfantes en Asturias, Santander y Pais Vasco. Tras su interrogatorio, clasificación y posterior depuración, los presos fueron hacinados en campos y prisiones improvisadas en las provincias de Burgos, Soria y Zaragoza.  Uno de ellos fue San Juan, a orillas del río Gállego, junto al Tejar de San Juan. Las naves de la antigua Papelera de las Navas habían estado ocupadas hasta entonces por un batallón del Cuerpo Expedicionario Italiano y por prisioneros integrantes del Batallón de Trabajadores nº 20, pero a partir de febrero de 1938 el ejército franquista procede a asegurar puertas y ventanas, electrifica el campo y levanta tapias, alambradas y garitas.

En el inicio de su actividad, miles de republicanos son encerrados en este campo de concentración divisionario bajo la vigilancia de soldados fascistas italianos para ser interrogados, clasificados según su grado de supuesta "culpabilidad" o vinculación con los leales a la República y posteriormente remitidos a otras prisiones y campos de sus lugares de origen, para allí ser juzgados, condenados y en muchos miles de casos, asesinados. Las nuevas derrotas del EPR en Teruel (febrero/abril 1938), Ebro (julio/noviembre 1938) y Cataluña (diciembre 1938/febrero 1939) provocaron nuevas oleadas de prisioneros a San Juan. El incesante trasiego no finalizó con la guerra. Miles de republicanos procedentes de los antiguos frentes vascos, catalanes y aragoneses, de las antiguas retaguardias navarras y castellanas y de las nuevas conquistas en Madrid, Ciudad Real, Extremadura, Andalucía y Levante fueron deportados a San Juan y desde allí, posteriormente, trasladados a Aranda de Duero y Miranda de Ebro (Burgos), San Marcos (León) y tantos otros lugares. Pero antes de abandonar San Juan hacia sus nuevos destinos, los presos eran tratados muy duramente por sus carceleros. Muchos de ellos recibieron severas torturas, siendo atados de pies y manos a árboles y postes eléctricos a la intemperie a lo largo de varios jornadas. Otros fueron colgados de cuerdas durante días enteros. España era una inmensa prisión y las condiciones de San Juan eran similares a las del resto de los centros de detención e internamiento: torturas, malos tratos, suciedad, hambre, enfermedades sobrevenidas, parásitos, sacas, paseos y muerte. De San Juan de Mozarrifar se enseñoreó el espanto.

Convirtiose más tarde San Juan en un centro de cumplimiento de penas, el conocido hasta finales de 1943 --fecha de su cierre-- como Prisión Habilitada de San Juan de Mozarrifar y albergó también un Destacamento Penal y a un Lazareto de presos estables. Incluso acogió a presos comunes, algunos de los cuales golpeaban sañudamente a los políticos para ganarse el favor de sádicos y fríos carceleros. Entre los funcionarios más señalados, podemos encontrar, por ejemplo y entre muchos otros, a los directores Francisco Franco Blas y Teodoro Quirós Toledano, a los subdirectores y administradores Joaquín Garnica Grijalúa, Manuel Pinillos Cruels, Isaías Castellanos Sánchez, Juan Lafuente Gallego y a cientos de funcionarios y personal civil. Por acción, omisión u obediencia debida, estos funcionarios provocaron o consintieron que los presos fueran retenidos, maltratados cruelmente, torturados o sacados y asesinados.

En algún lugar de San Juan o de San Gregorio o de Zaragoza está la fosa ignota de los allí fallecidos. En su momento, era fácilmente identificable: muchas tumbas, filas de tumbas destacando sobre el terreno por la pequeña elevación del breve montículo de tierra, sin una cruz, con una pequeña plancha de madera y una minúscula chapa del tamaño de una moneda corriente, con un número inscrito en ella. Este era todo el rastro vital que dejaron en este mundo los republicanos muertos en San Juan de Mozarrifar.

Entre tal terror, como en tantas cárceles de hombres y mujeres, los presos dormían en finos petates tendidos en los suelos, todos juntos y prietos, en largas hileras sin fin, y como en el Pabellón 4º de San Juan, hombro con hombro, en una única lonja, con un único pasillo de 50 centímetros en el centro de dos grandes hacinamientos de 500 presos a cada lado. Algunos, muy pocos, consiguieron fugarse o desaparecieron cuando lo intentaban, reptando bajo una alberca por un estrecho túnel que comunicaba con la acequia que conducía al río Gállegos. Los escasos supervivientes recuerdan los cacheos indiscriminados, los recuentos en mitad de la noche, los gritos de los funcionarios reclamando por sus apellidos a los que iban a ser trasladados o paseados, el miedo, la incertidumbre.... 

Prisioneros republicanos llegando al campo de San Juan de Mozarrifar. Marzo de 1939.
Fuente: Delegación de Prensa y Propaganda 5º Cuerpo de Ejército - Zaragoza

Presos republicanos en Caspe, Zaragoza.
Fuente: Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares (Madrid)


Prisioneros republicanos en Zaragoza.
Fuente: Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares (Madrid)

 Penal de Belchite, Zaragoza. Fotografía publicada en "Guerra Civil en Aragón, 70 años después" de Ángela Cenarro Lagunas y Víctor Pardo Lancina, página 108

 Presos republicanos en Aragón.
Fuente: Delegación de Prensa y Propaganda 5º Cuerpo de Ejército - Zaragoza

Campo de concentración de San Juan de Mozarrifar. Foto Archivo oficial belga Soma-Ceges

Grupo de teatro de la prisión de San Juan de Mozarrifar. 22 de agosto de 1942. En la fila de arriba, tercero por la derecha y señalado con una flecha blanca, el preso Miguel García Muñoz, natural de Barcelona

El terror de San Juan de Mozarrifar se ha perdido en el tiempo. Las arenas del olvido se adueñaron de las memorias de quienes tenían el deber de recordar. Hoy, sólo unos pocos como Ramón F. Ortiz Abril se esfuerzan por impedir la prescripción del vergonzoso pasado. La premeditada amnesia y la indiferencia cómplices son sus mayores enemigos.