Siguen este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Galicia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Galicia. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de julio de 2009

“¡¡Rojo, hijo de puta, te voy a marcar!!”


-->
Día 15 del mes de agosto del año de Nuestro Señor de 1.959. Festividad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Tras la celebración de solemnes eucaristías, multitudinarias procesiones encabezadas por miembros uniformados de la Guardia Civil y del Ejército recorren en pleno mediodía canicular las calurosas calles de innumerables pueblos y ciudades de España. Son los terribles años de plomo de la dictadura franquista.

Pero en el hemisferio sur y al otro lado del Atlántico, en Ciudadela, pequeña ciudad argentina al oeste del área urbana del Gran Buenos Aires, no es día feriado. Allí, el invierno austral arrecia. Unos pocos pisos bajos y también muchos chalets y casas de dos alturas en parcelas bien ajardinadas, herederas de las antiguas quintas de los primeros colonos del XIX, delimitan y conforman las calles de la población, anchas y abiertas. Una fría y cortante ventolera se hace sentir y los pocos peatones que se aventuran a transitar por sus aceras se apresuran a encontrar refugio.

Uno de ellos, alto, delgado y enjuto, es Adolfo Sierra Fernández, español afincado en Argentina como comerciante desde 1948. Adolfo ha buscado un rato libre, dejando a cargo del negocio a su esposa, y va camino de la nueva peluquería del barrio, inaugurada por un español recién llegado. Pero como en tantos otros días, el ajado rostro de Adolfo no tiene buen semblante. Desde hace más de 20 años, su sueño y el de su familia, una noche más, se ha visto perturbado por horrendas pesadillas. En ellas, Adolfo se ve a sí mismo aún en el interior de las celdas en las que fue preso durante tanto tiempo, en aquella España vieja que quedó atrás. Como si todavía pudiera verlo y sentirlo, los delirios nocturnos de Adolfo se ven poblados de cañones de ametralladoras que, al alba, baten el enrejado de las celdas para despertar y amedrentar a los prisioneros; sus sueños se plagan de ángeles de la muerte franquista que leen la funesta lista de las víctimas de la saca matutina; y su reposo es desbaratado por el recuerdo de las descargas de los fusilamientos a la aurora. Veinte años después y en pleno rigor del invierno argentino, Adolfo suda cada noche mientras se siente como uno más en las filas de las interminables formaciones de presos, horas y horas a pleno sol, a más de 42 grados centígrados, en los patios de campos y cárceles, y ve cómo sus compañeros caen desmayados o muertos, a su lado, y sabe que aquel que abandone la formación y se incline a auxiliar al caído será tiroteado y asesinado...
Así, entre trabajo, pesadillas y malos sueños, Adolfo ve pasar los años y la vida, que tan arduamente le costó conservar. El comerciante español nació allá por el 17 de junio de 1917 en plena montaña central leonesa, a más de 1.200 metros de altitud, en las duras tierras del cántabro poblado llamado Valle de Vegacervera, a orillas del truchero río Torio. Con los años mozos y juveniles, Adolfo –al igual que otros muchos vecinos y amigos, siempre inquietos, siempre solidarios, como la época que les tocó vivir-- militó en la izquierda y, con el golpe de Estado fascista, se alistó en las milicias del Ejército Popular de la República española. Sirvió en el Cuerpo de Sanidad, entre los heroicos camilleros del Batallón Iskra. Pero el derrumbe del Frente Norte y el avance de las tropas del traidor general Franco hizo que fuera preso junto con decenas de miles de soldados republicanos. Y aquí comenzó el calvario de los fieles al gobierno y al Estado republicano. Prisionero en el campo de concentración del antiguo hospital de San Marcos, en León, Adolfo Sierra fue juzgado y condenado a muerte. Durante su cautiverio a la espera de su ejecución, presenció palizas, malos tratos y asesinatos y padeció en su cuerpo la tortura del hambre y la disentería.
-->
Adolfo Sierra en un batallón disciplinario de trabajadores penados, en Burgos. Es el segundo comenzando desde abajo subido a la escalera, con sueter oscuro, pantalón claro y boina. Rondaba los 20 años, pero los estragos de la represión le hacían parecer mayor.

Conmutada la pena de muerte por una de prisión a cadena perpetua, Adolfo fue enviado a la prisión provincial de Burgos y tras una larga temporada, fue trasladado a una prisión situada en Galicia. Su espíritu no se quebrantó –ni su secreto ideario político--, pero en él dejaron imperecedera huella el miedo y el terror que impulsaron los golpistas. ¿Cómo podría olvidar los paseos a media noche? ¿Cómo no recordar al anciano que se ofreció a ser llevado al pelotón en su lugar porque casualmente ambos coincidían en nombre y apellido? Su memoria había sido marcada a fuego por ese trauma y los años transcurridos desde su liberación condicional en 1.945 y desde su emigración a la Argentina en 1948 no habían logrado aminorar ni un ápice la intensidad del recuerdo.
Estos lúgubres pensamientos removían el alma y el magín de Adolfo y le impedían conciliar el sueño y la calma, veinte años después. De hecho, siempre que afluían a su mente, Adolfo se atusaba el cabello y por acto reflejo se friccionaba la notoria cicatriz de la herida que en el leonés campo de San Marcos un soldado peluquero franquista le provocó cuando al grito de “¡¡rojo, hijo de puta, te voy a marcar”, enfiló la máquina de pelar hacia su cuero cabelludo, tal como si estuviera esquilando una res muerta. No, Adolfo no podría olvidar el rostro de ese franquista ni el de los otros torturadores, ya que todos ellos cada noche venían a visitar sus sueños.
Por eso, inmerso en su obsesión y de camino a la nueva peluquería que a pesar de estar a mediación de su calle aún no conocía, Adolfo se friccionaba inconscientemente la cicatriz, perdido su espíritu en las brumas de un pasado que ya nunca retornaría. ¿Nunca?
Eso creía Adolfo. Tras traspasar la campanilleante puerta acristalada de la barbería del nuevo español, dar los buenos días al personal y alabar la calidad de la maquinaría, la manufactura de los espejos y los modernos sillones con fuelle hidráulico, se deshizo del grueso abrigo, de todo punto innecesario en la humeante y templada atmósfera del establecimiento, y tomó asiento, a la espera de su turno. Mientras ojeaba el diario y oía (que no escuchaba) el runrún de las conversaciones de los parroquianos y de los empleados, Adolfo se sintió inexplicablemente alarmado, presintiendo que una parte de su consciencia se encontraba, en plena vigilia, aún atrapada en los últimos retazos de la consabida pesadilla nocturna. Consiguió Adolfo a duras penas evadirse de la perturbadora sensación y mantuvo su concentración sobre la lectura hasta que llego su turno. Y allí, abstraído y apoltronado en el nuevo y confortable sillón de la flamante peluquería, obedeciendo las breves instrucciones del barbero que le indicaba casi monosilábica e imperativamente la correcta posición de la testa, “¡arriba!...”, “¡izquierda!...”, Adolfo se supo repentinamente alerta ante el sonsonete y comenzó a prestar atención a la voz, las manos y el rostro del peluquero. No precisó más que de un segundo para cerciorarse de que su fugaz percepción respondía a una sorprendente realidad: allí, en 1959, en una peluquería de Ciudadela, Argentina, estaba frente a él, el soldado peluquero franquista español que le esquiló salvajemente en San Marcos 22 años antes. Y Adolfo, encorajinado por una histórica pero íntima demanda de justicia universal y privada, se lo espetó sin dilación:
_Tú no me conoces, ¿verdad?, le dijo Adolfo mientras miraba al espejo.
_No, repuso extrañado el profesional, que seguía rasurando a su cliente.
_¿No recuerdas la cicatriz de la frente?, le contestó Adolfo con calma.
_¿Y porqué habría de hacerlo?, se mostró asombrado el barbero español, que parado ya, tenía la sospecha de estar dialogando con un lunático.
_Porque fuiste tú quien me la hizo.
Y al decir esto, Adolfo se irguió aparatosamente en el sillón. Y mirando intensamente a los ojos del peluquero, continuó:
_Fue en 1937. Hace ya más de 20 años. En la barbería del Campo de Concentración de San Marcos, en León, en España. Tu pelabas a los republicanos presos del campo y lo hacías con saña y con venganza. Nos arrancabas el pelo a manojos, nos herías y nos esquilabas como si fuéramos ovejas. Y allí me gritaste “¡¡rojo, hijo de puta, te voy a marcar” y me hincaste la maquinilla hasta el mismo hueso del cráneo, dejándome esta señal de por vida. Y aquí estamos. Otra vez.
Al oír aquello, el peluquero, hasta entonces impávido, enmudeció de espanto, como si acabara de encontrarse con un temido espectro. Sin poder articular frase o palabra alguna, comenzó a asentir vigorosa y febrilmente con la cabeza y, entre sollozos, farfullaba lastimosamente quejidos y expresiones de pánico, mientras imploraba: “¡¡Per.........dooonnnn, ........per..........doooonnnn.....!!
Y al ver la desmedida reacción del nuevo inmigrado, Adolfo, que se sentía tan protagonista como víctima del incidente en el que impremeditadamente había tomado parte, le dijo para su desconcierto: “Lo quiero bien cortito y con raya a la izquierda, que es donde a carta cabal uno se debe señalar en la vida”. Y sin pausa, Adolfo sonrió, se reclinó en el sillón y esperó sin prevención alguna a que el peluquero saliera de su estupor y terminara su faena. Tras ésto, Adolfo se levantó, se acomodó el abrigo, pagó al aterrado barbero, le dejó alegremente una inopinada propina y salió del establecimiento, no sin despedirse de la concurrencia con un sonoro “buenos días” entonado con recio acento leonés.
Aquel día, y tras perder el susto que él también llevaba en el cuerpo, Adolfo se sorprendió de sí mismo al sentirse extrañamente joven y vital mientras se encaminaba hacia su comercio. Su esposa pareció perpleja al oírle silbar viejas cancioncillas de España entre los estantes y anaqueles. Quienes lo vieron al echar el cierre de la tienda, le oyeron tararear un viejo himno español, guerrero y republicano, compuesto por un general asturiano y liberal allá por 1820. Y tras el crepúsculo, su hija concilió el sueño calmosamente. Porque desde aquella noche, Adolfo se vio liberado por siempre de sus pesadillas. Y de su pasado.


-->
Documento expedido en julio de 1948 por el Comisario Jefe del Gobierno Civil de León, autorizando a Adolfo Sierra a salir de España

A excepción del diálogo en la peluquería, tan imaginado como probable, esta historia y sus protagonistas son reales. Adolfo Sierra Fernández murió en Buenos Aires, Argentina, el 22 de febrero de 1.979. Su hija, Encarnación Sierra Sarmiento, nacida en León, España, en marzo de 1946 y residente en la Argentina desde septiembre de 1948, quiso que la conmovedora historia y las fotografías de su padre fueran conocidas en España, por lo que se las hizo llegar a la memorialista Eva B. Con la anuencia de Encarnación, pudo Eva compartir todo ello con el autor de este blog, que es quien ha dado forma literaria al relato, construido como homenaje a Adolfo y a Encarnación. Y es Encarnación misma quien con sus propias palabras pone broche final a todo lo escrito hasta ahora: “...lo que te cuento encierra en si una historia de vida, una de tantas, que se apagaron, y las menos, que como mi papá pudieron salir. ¡Tantos sueños truncados, tantas almas destrozadas, tanta sangre, dolor, entre hermanos!. Si la guerra es estúpida e incomprensible, aun lo es más la lucha fraticida. El largo brazo que tiene no termina con los triunfos o derrotas, marca la vida de los hijos y los nietos, con un sabor amargo que estará siempre acompañándonos mientras vivamos.”.

-->

miércoles, 4 de febrero de 2009

"Compañeiros": comic de Xosé Tomás, editado por la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica d'A Coruña

El pasado día 21 de enero fue publicada en el diario "La Voz de Galicia" una muy interesante información de Ana Lorenzo relacionada con la edición por parte de la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica d'A Coruña de un excelente comic, publicado en homenaje a los vecinos represaliados del lugar coruñés de O Portiño. El comic, titulado "Compañeiros. Homenaxe ás vítimas do Portiño" es una extraordinaria obra de Xosé Tomás, ilustrador de "La Voz" y profesor de Secundaria, y relata en 20 páginas llenas de dramatismo la fallida huída por mar hacia Asturias o hacia Francia, de un centenar de coruñeses republicanos que hasta 1937 habían permanecido escondidos de la represión franquista en sótanos, tejados o bosques. Sin embargo, su plan se truncó por un soplo que alertó a las fuerzas de los sublevados fascistas, provocando que una veintena de ellos murieran, bien por ahogamiento o bien por fusilamiento después de su captura y juicio sumarísimo.

El proyecto, tal como relata en "La Voz" su redactora Ana Lorenzo "nació hace más de un año, cuando Xosé Tomás -asesorado por dos historiadores- comenzó a recabar datos de esta historia, de la que reconoce que «sabía algo y había visto un vídeo, pero con esta iniciativa descubrí prácticamente todo». Lo que más le sorprendió de este episodio fue que, en la zona coruñesa de O Portiño, había más de 80 personas esperando para huir en un barco, «y ninguna pasaba de los 30 años, y la mayoría eran de 18, lo que quiere decir que eran críos que no suponían ningún peligro»".

Para Xosé Tomás «lo más duro de este trabajo es que no era un trabajo de ficción, sino que por primera vez dibujada una historia real, y tuve que dibujar a gente que tiene hijos y nietos. Por eso, he intentado hacerlo con la mayor dignidad posible y sin dibujar a nadie en concreto que haya existido». Y refiriéndose a su relato, que aunque expresivo y estremecedor, sabe a poco por su brevedad, afirma Xosé Tomás: «Es una historia tan intensa, que era mejor que fuera corta, puesto que cuanto más larga fuera podía perder esa intensidad». Cree Tomás que su trabajo servirá para difundir un hecho histórico desconocido para casi todos los coruñeses y gallegos, entre ellos muchos de sus propios alumnos, que «no saben ni quién era Franco, imagínate si hablamos de hechos todavía anteriores».

Desde aquí, mi enhorabuena a Xosé Tomás, a la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica d'A Coruña y a los promotores de la edición (Concello de A Coruña, Deputación d'A Coruña, Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia y Ministerio de la Presidencia del Gobierno de España).

La información de Ana Lorenzo puede encontrarse en "La Voz de Galicia" (http://www.lavozdegalicia.es/coruna/2009/01/21/0003_7475687.htm).

BAJAR O VER COMIC COMPLETO EN PDF DESDE
http://www.lavozdegalicia.es/default/2009/01/21/00171232551197905965684/Fichero/companeiros.pdf

o también desde la página de la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica d'A Coruña enhttp://www.memoriadacoruna.com/index.php?option=com_docman&Itemid=60&task=doc_download&gid=35
Y POR ULTIMO, PUEDE VERSE AQUI EL COMIC COMPLETO:



















jueves, 22 de enero de 2009

Tres fotografías de prisioneros republicanos en Monforte de Lemos (Lugo), en el archivo de Erich Andres


Erich Andre
s nació en 1905 en Leipzig (Alemania). En 1920 se formó como tipógrafo. En 1923 perdió su trabajo y abandonó la casa de sus padres en Dresden. Comenzó su actividad fotográfica como autodidacta y amateur en Hamburgo, sin cursar ningún estudio sobre fotografía. En 1927 ganó un concurso fotográfico y trabajó como fotógrafo de prensa independiente, comenzando con ello un vagabundeo por el sur de Europa. En 1928 volvió a Hamburgo y centró sus temas fotográficos en esta ciudad y en sus habitantes. En 1931 fue rechazada su silicitud de ingreso por la dirección de la Escuela Superior de Arte de Lerchenfeld. Iniciada la guerra civil española, en 1936 entró en España por La Coruña y recorrió el territorio controlado por los sublevados, llegando hasta Tetuán y saliendo por Lisboa, por lo que la mayoría de sus instantáneas pertenecían a los primeros meses de la contienda. Abundaban en su obra las fotografías con imágenes de la vida en la retaguardia del bando nacional, así como las fotografías de monumentos y paisajes, no faltando tampoco algunas de la actividad en el frente norte o en el de Madrid. Desde 1939 documentó fotográficamente los horrores de la guerra en el marco de la Compañía de Propaganda de la Luftwaffe. Paro, hambre, bombardeos y supervivencia fueron sus temas predilectos. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, es excarcelado del campo de detención en el que se encontraba preso por los aliados y se convierte en padre. Trabajó durante un tiempo como fotógrafo independiente pero tuvo que buscar pronto un puesto de trabajo. En 1951 realizó un viaje por toda Europa durante el que continuó efectuando instantáneas de la vida cotidiana de sus habitantes. Durante décadas realizó varias publicaciones y numerosas exposiciones. Murió en 1992 con 86 años en Hamburgo.

Las 2.985 fotografías de la guerra civil española de Erich Andres que ahora se encuentran accesibles desde la página del Portal de Archivos Españoles (PARES) del Ministerio de Cultura fueron vendidas en 1994 por su viuda, Hildegard Andres, a la compañía Central Order en 1994, de la que fue sucesora Content Mine International AG, la cual las ofrece en 2004 al Ministerio de Cultura español, que finalmente aceptará la compra y las depositará en el Archivo General de la Guerra Civil Española, en donde ingresan el 30 de diciembre.

Ésta que podemos ver aquí es una serie de tres fotogramas que reflejan la situación de un grupo de al menos 12 republicanos detenidos por las fuerzas golpistas en la localidad gallega de Monforte de Lemos (Lugo). La información que el archivo de PARES ofrece como anexa a las fotografías, indica que el diario de Erch Andres menciona expresamente que muchos de los retratados (a los que genéricamente llama "comunistas") fueron fusilados a los pocos días con un tiro en la espalda.




-->
--> -->
Como mejor método para llegar a las imágenes recomiendo seguir los siguiente pasos:


. Copiar de este mismo texto que os escribo la cadena textual “Fotografías de la Guerra Civil Española de Erich Andres” (marcarla sin las comillas con el ratón y copiar con botón derecho “copiar” o con las teclas “Control” + “C”).
. pulsar en la dirección http://pares.mcu.es/.
. pulsar en “Busqueda sencilla”.
. Pegar en la casilla “Buscar” la cadena textual o frase anteriormente pegada y pulsar en el botón gris “Buscar”.
. Pulsar en el enlace "Fotografías de la Guerra Civil Española de Erich Andres" que aparecerá inmediatamente debajo del título “Centro Documental de la Memoria Histórica”. Este enlace es dinámico y su periodo de vigencia caducará rápidamente.
. A continuación, y debajo del recuadro gris azulado titulado “Resumen”, existe un botón llamado “Contiene”, sobre el que hay que pulsar para acceder finalmente (¡¡por fín!!) al fondo fotográfico de 3000 imágenes de Erich Andres.